La repercusión de los conflictos armados en la salud mental infantil

No solo se puede afirmar que los combatientes y veteranos de guerra sufren secuelas por haber vivido en un contexto bélico; también los civiles son víctimas. Centrándonos en el tema que nos concierne, los menores que se ven obligados a permanecer en zonas de conflictos armados desencadenan una serie de problemas psíquicos que merman su salud mental: “Más de 24 millones de niños y niñas afectados por los conflictos armados necesitan apoyo psicológico”.

Esa es la cifra que estimó Save the Children en septiembre de 2019 en su informe “El camino hacia la recuperación: respondiendo a la salud mental infantil en contextos de conflictos”. La organización aporta más datos y añade que son 142 millones los niños y niñas que viven en zonas de conflicto . Esto supone que la salud mental de estos menores tiene un alto índice, ya sea inminente o a medio y largo plazo, de verse afectada. Este hecho se ve todavía más perjudicado a causa de la escasa atención psicológica que reciben: del total de la asistencia a nivel oficial para el desarrollo entre los años comprendidos entre 2015 y 2017, apenas el 0,14% fue dedicado a la programación tanto de salud mental, como de apoyo psicosocial.

Estamos ante menores expuestos de forma directa a la explotación y violencia como pueden ser las seis violaciones graves las cuales están definidas y condenadas por las Naciones Unidas en la primera resolución sobre los niños y los conflictos armados  en 1999 y que son las siguientes:

          Asesinato y mutilación.

          Reclutamiento o utilización de niños como soldados.

          Violencia sexual.

          Secuestro.

          Ataques contra escuelas y hospitales.

          Denegación de acceso humanitario.

 

 

Secuelas psicológicas predominantes

Su impacto no solo puede derivar en consecuencias físicas, sino que estas situaciones pueden afectar a su salud mental dando lugar a la aparición de trastornos mentales que, en el caso de 7 millones de niños y niñas , serían graves. Estas secuelas psicológicas son tan variables como intrínsecas. 

 “Un estudio de 2015 sobre los niños y niñas refugiados en Turquía señalaba que el 45% mostraba síntomas de trastorno de estrés postraumático (TEPT)- lo que significa una prevalencia diez veces mayor que la media de los niños y niñas del mundo- mientras que el 44% experimentaba síntomas de depresión”.  Estos han sido los datos recogidos por Save The Children en otro de sus informes bajo el nombre de “Heridas Invisibles: El impacto de seis años de guerra sobre la salud mental de los niños y las niñas sirios”.

Los síntomas que pueden llegar a presentar son de distinta índole, siendo los siguientes algunos de los más asiduos:

Re-experimentación de los sucesos bélicos. Se trata de acontecimientos tan extremos y violentos producidos por el ser humano, que estos menores no son capaces de reintegrar todo lo vivido, por lo que su cerebro realiza frustrados intentos de reprocesar dicho trauma a través de flashbacks, pesadillas o pensamientos intrusivos.

Estado de hipervigilancia, irritabilidad e ira desproporcionadas, dificultad para concentrarse y conciliar el sueño.

    Evitación de estímulos asociados al trauma, como pueden ser lugares, actividades e incluso personas. Se produce en ellos un desapego respecto a los demás, dando lugar al aislamiento social y, por ende, percibiendo su futuro de forma hostil y desoladora.

Además de las nefastas consecuencias que causan las zonas de conflictos bélicos, cabe mencionar las famosas reubicaciones en asilos, lo que puede llegar a afectar a dichos menores en la disminución del sentido de pertenencia, aumento de incertidumbre, ansiedad y escasez de redes de apoyo tanto familiares como vecinales.

 

El papel fundamental de padres y madres

Vivir en una constante e injustificada violencia, así como los desplazamientos, genera que los menores interioricen la desigualdad y la violencia. A todo ello hay que sumar el papel de los padres y madres que, al haber vivido probablemente la misma situación con anterioridad – lo que les suscita un impacto psicológico que no les permite regular las emociones de sus hijos e hijas- da lugar a que el apoyo que les ofrecen pueda estar envuelto por la frustración, el miedo y la rabia. Además, esto conlleva que no los puedan criar dentro de lo que se considera un apego seguro.

Los padres y madres -o familiares a cargo- muestran tal disociación tras el trauma y falta de empatía producida por los sucesos vitales estresantes, que presentan dificultades para responder de una forma adecuada a los estados emocionales de sus hijos, dando lugar a un apego desorganizado, mostrando conductas disruptivas y agresivas hacia estos menores.

Debido a la desregulación emocional, el estrés, el miedo y la inseguridad que se produce en entornos violentos, el contexto familiar también se ve afectado, dando lugar a un entorno fragmentado, en el que algunos padres o madres pueden estar ejerciendo sobre sus hijos conductas de maltrato. 

Tal es la violencia, tanto por residir en zonas de conflictos armados como por sufrir maltrato intrafamiliar que, en ocasiones, estos menores sufren la denominada “agresión apetitiva”. 

Los niños y niñas han tenido que adaptarse a entornos violentos, dando lugar a una desconexión emocional a causa del trauma, lo que puede llegar a producir un incremento del deseo de la violencia. Podríamos traducirlo como un modo de supervivencia en un mundo hostil. Teniendo esto en cuenta, la agresión apetitiva se percibe como un factor de protección frente al trastorno de estrés postraumático. No obstante, no podemos dejarnos llevar por ese comportamiento en estos menores, puesto que nunca dejarán de ser víctimas de un lugar en el que no merecen estar. 

Así las cosas, se puede concluir que estos niños y niñas no son más que huérfanos emocionales, que no les han dejado vivir conforme a su edad, que nunca fueron vistos por sus padres y madres y que, si las entidades gubernamentales no se comprometen en el fomento de recursos y programas de intervención psicológicos, estos menores crecerán y se convertirán en adultos con una identidad fragmentada

 

Soluciones: una cuestión urgente

Es por ello que, para ofrecer servicios de salud mental y apoyo psicosocial de calidad en emergencias, el Comité Permanente entre Organismos (IASC) sobre Salud Mental y Apoyo Psicosocial en Emergencias Humanitarias y Catástrofes creó estructura mediante una pirámide con cuatro niveles  que, empezando desde la base, serían:

–          Servicios básicos y seguridad.

–          Apoyos de la comunidad y la familia.

–          Apoyos focalizados, no especializados.

–          Servicios especializados.

De este modo, los niños y niñas recibirían un apoyo adecuado para recuperarse o mejorarse en la mayor medida posible de experiencias que repercuten en su desarrollo en varios ámbitos como el emocional, el cognitivo o el conductual. 

El impacto de los conflictos armados en la salud mental de niños y niñas no se puede invisibilizar. Tampoco se puede permitir que existan lagunas en los protocolos de actuación que traten de raíz esta problemática y ofrezcan los recursos necesarios para el bienestar y la estabilidad de los menores así como la de sus familias. Los datos avalan que la asistencia a día de hoy sigue siendo insuficiente ante una situación de emergencia. Urgen medidas tempranas de todas las partes competentes para proteger y ayudar a que estos niños y niñas se recuperen de las situaciones traumáticas que han vivido y que les han hecho crecer de forma repentina y, de esa manera, puedan disfrutar de una infancia acorde a lo que son: niños y niñas.

 

Autoras:

Irene Garrido Ciruela. Psicóloga Sanitaria especializada en Trauma y Disociación.
Azahara R. Pérez. Periodista especializada en Derechos Humanos.

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